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Francisco, la Curia y el gobierno. Episodios de perplejidad. ¿Pero, éste papa es bueno?

fanfaPor MARCO TOSATTI

Ahora los reproches del Papa a la Curia no sorprenden a nadie. Digamos que han tomado un tono casi ritual. A partir de la lectura de sus palabras parece haber arremetido contra eventuales resistencias a la reforma de la curia. Pero esto puede causar perplejidad. Hasta ahora, la reforma se había centrado sobre el afianzamiento de algunas comisiones pontificias, dicasterios y en el lanzamiento de la nueva Secretaría de Comunicaciones, pero parece que ninguna de estas iniciativas había suscitado particulares descontentos. Y es que el progresivo despojo de algunas grandes prerrogativas de la Secretaría de Economía, que el mismo Papa le había asignado, sobrevino con el consentimiento del Pontífice mismo, e incluso allí no parece que las principales partes interesadas se hayan encadenado a los portones de San Pedro. Quienes alcanzaron a maniobrar para recuperar el dinero y el poder que el primer Motu Proprio lucía sustraerles están bien satisfechos. Y el cardenal Pell aunque se sienta un poco traicionado, y quizá un poco ingenuo, por haber creído en las exhortaciones tipo “avance sin mirar a nadie al rostro”, provenientes de “Alto Sitio”, absorbió el golpe como viejo atleta australiano.

Quizá la ira del soberano tenía otras razones y metas

Lo que se percibe en la Curia es diferente; y no es de resistencia de lo que se trata, sino de temor, descontento y sentimientos que se colocan en otro contexto.

Diversos episodios se nos han hecho saber por una fuente digna de fe. Vamos a reportar un par de ellos, sin comentarios.

El primero se refiere a los nombramientos episcopales. Fue hace algún tiempo para hacer un obispo, no en Italia. El nuncio había preparado la terna. Un cardenal, jefe de dicasterio, quizá el mismo titular de la Congregación para los Obispos, durante la asamblea ordinaria tomó la palabra diciendo: el primer candidato indicado es óptimo, el segundo es bueno, pero yo advertiría sobre el tercero, al que conozco bien desde que éste era seminarista, y que presenta problemas tanto en términos de la doctrina como de la moral, respondiendo poco a los criterios necesarios. Pero éste tercero era amigo de alguien; y un otro purpurado, del círculo en el poder en vigencia, criticó a su colega cardenal acusándolo de inexactitud y equivocación. La reunión se cerró sin más decisiones. Sin embargo, al siguiente día el secretario personal del Pontífice se presentó en la Congregación diciendo que la elección recayó sobre el tercero.

Otro caso es considerablemente más triste: Un jefe de dicasterio recibió -sin explicaciones- la orden de deshacerse de tres de sus empleados (que trabajaban en el Vaticano desde hacía varios lustros), recibiendo la carta oficial así: “Por venerable encargo, le ruego que haga dimitir…” La orden fue: vuelva a mandarlos de nuevo a la diócesis o familia religiosa de pertenencia. Y así el destinatario de la orden quedó muy perplejo, porque se trataba de óptimos sacerdotes y personas de las más capaces profesionalmente. De tal modo que, evitando obedecer, pidió repetidas veces audiencia al Papa. Tuvo que trasladarse y esperar, ya que en varias ocasiones asistía y el encuentro era aplazado. Finalmente fue recibido y dijo: Santidad, he recibido éstas cartas, pero no he hecho nada, ya que estas personas están entre los mejores de mi dicasterio … ¿qué cosa han hecho? La respuesta fue: y yo soy el papa, y no debo dar razones a ninguno de mis decisiones. Decidí que deben irse, y deben irse. Se levantó y extendió la mano, lo que significó que la audiencia había terminado. El 31 de diciembre dos de los tres van a dejar el dicasterio en el que trabajaron durante años, sin saber porqué. Para el tercero, al parecer, se estableció una prórroga, pero solapada hay una vuelta que si es cierta, como parece, es aún más desagradable. Uno de los otros dos se expresaba libremente, tal vez demasiado, sobre algunas decisiones del Papa, y alguien, un amigo cercano de otro muy estrecho colaborador del Papa, escuchó e informó. La víctima recibió una llamada telefónica muy dura desde el Número Uno. Y luego se van.

¿Pero los chismes no eran un anatema en el reinado del papa Bergoglio?

El torpe intento de investir una comisión de investigación a un sujeto de derecho internacional, tal como la Orden de Malta, independiente de la Santa Sede, con el cual se intercambian embajadores, y que como consecuencia no puede ser investigado desde el exterior, es otro de los síntomas de la fiebre autocrática que parece impregnar al Vaticano.

No es de extrañar si el clima, detrás de los muros y palacios, no es del todo sereno. Y es de preguntarse: ¿cuál crédito se puede dar a toda esa fanfarria de la misericordia?

MARCO TOSATTI, Stilum Curiae, 26-XII-2016

Bergoglio político. El mito del pueblo elegido

papaproEl Papa de la misericordia es también el de los “movimientos populares” anticapitalistas y antiglobalización. Muere Castro, gana Trump, caen los regímenes populistas sudamericanos, pero él no se rinde: está seguro de que el futuro de la humanidad está en el pueblo de los excluidos

por Sandro Magister

ROMA, 11 de diciembre de 2016 – Es evidente que el pontificado de Francisco tiene dos pilares: el religioso y el político. El religioso es la lluvia de misericordia que purifica a todos y a todo. El político es la batalla a escala mundial contra “la economía que mata”, que el Papa quiere combatir junto a esos “movimientos populares” -la definición es suya-, en los que ve brillar el futuro de la humanidad.

Es necesario remontarse a Pablo VI para encontrar otro papa familiar con un diseño político orgánico, en su caso el de los partidos católicos europeos del siglo XX: en Italia, la DC de Alcide De Gasperi y en Alemania, el CDU de Konrad Adenauer. Jorge Mario Bergoglio es ajeno a esta tradición política europea, ya desaparecida. Como argentino, su humus es otro muy distinto. Y tiene un nombre que en Europa tiene una acepción negativa, pero no en la patria del Papa: populismo.

“La palabra pueblo no es una categoría lógica, es una categoría mística”, dijo Francisco el pasado mes de febrero, a su vuelta de México. Al poco tiempo, entrevistado por el también jesuita Antonio Spadaro, lo precisó. Más que “mística”, dijo, “en el sentido que todo lo que hace el pueblo es bueno”, es mejor decir “mítica”. “Se necesita un mito para entender al pueblo”.

Bergoglio cuenta este mito cada vez que se reúne con los “movimientos populares”. Hasta ahora lo ha hecho tres veces: la primera vez en Roma, en 2014; la segunda en Bolivia, en Santa Cruz de la Sierra, en 2015; la tercera el pasado 5 de noviembre, de nuevo en Roma. Cada vez enardece al auditorio con discursos interminables, de unas treinta páginas cada uno, que juntos ya forman el manifiesto político de este Papa.

Los movimientos con los que se reúne Francisco no los ha creado él, eran preexistentes. No tienen nada que sea declaradamente católico. En parte son herederos de las memorables reuniones anticapitalistas y antiglobalización de Seattle y Porto Alegre. A ellos se añade la multitud de marginados de los cuales el Papa ve prorrumpir “ese torrente de energía moral que nace de la implicación de los excluidos en la construcción del destino del planeta”.

Francisco confía a estos “rechazados de la sociedad” un futuro hecho de tierra, casa y trabajo para todos gracias a un movimiento ascendente de llegada de estos al poder, que “trasciende los procedimientos lógicos de la democracia formal”. El 5 de noviembre el Papa dijo a los “movimientos populares” que había llegado el tiempo de dar el salto a la política “para revitalizar y refundar las democracias, que están atravesando una verdadera crisis”.

Y si para esta revolución mundial es necesario un líder, hay quien ya lo ha señalado precisamente en el Papa. Es lo que hizo hace un año en el Teatro Cervantes de Buenos Aires el filósofo italiano Gianni Vattimo, voz escuchada por la ultraizquierda mundial, cuando peroró la causa de una nueva Internacional “comunista y papista”, con Francisco como su líder indiscutible, para combatir y ganar la “guerra de clase” del siglo XXI. Al lado de Vattimo se sentaba un complacido monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, argentino, estrecho colaborador del Papa Bergoglio en el Vaticano.

Las potencias contra las que se rebela el pueblo de los excluidos son, en la visión del Papa, “los sistemas económicos que para sobrevivir deben hacer la guerra y sanar así las balanzas económicas”. Ésta es su clave de explicación de la “guerra mundial a trozos” y del propio terrorismo islámico.

Mientras tanto asistimos a un revés tras otro de las izquierdas populistas sudamericanas hacia las que Bergoglio manifiesta tanta simpatía: en Argentina, en Brasil, en Perú, en Venezuela.

Para consolar parcialmente al Papa, llega de este último país el nuevo superior general de la Compañía de Jesús, el padre Arturo Sosa Abascal, que ha escrito y enseñado toda la vida política y ciencias sociales, y que fue marxista en su juventud y luego defensor de la llegada al poder de Hugo Chávez, es decir, de la persona que ha llevado al “pueblo” venezolano al desastre.

Pero para alterar la política del Papa Francisco han llegado también la muerte de Fidel Castro y la elección de Donald Trump; éste sorprendentemente votado precisamente por los “excluidos” de la gran industria capitalista.

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Esta nota ha sido publicada en “L’Espresso” n. 50 del 2016, en los kioscos el 11 de diciembre, en la página de opinión titulada “Settimo cielo” confiada a Sandro Magister.